Desde 2017, la empresa ha abierto sus puertas a la quinta generación, continuando una tradición familiar de 140 años. Con determinación y dinamismo, Ginevra, Benedetta y Michelangelo han aportado nuevas ideas y trazado nuevos rumbos, con el objetivo de enarbolar bien alto la bandera Piccini.
“Para nosotros”, comenta Benedetta, “la empresa es como una hermana, tanto que en nuestra familia nos gusta llamarla ‘la primogénita'”.
A veces -interviene Ginevra- es complicado separar la dimensión laboral de la familiar, pero nos gusta que sea así: nunca dejamos de ponernos los zapatos de la familia del vino italiano.
‘Claro, mientras estemos de acuerdo todo es bello’, bromea Miguel Ángel.
Lo que llama la atención, escuchando a los tres jóvenes, es la perfecta armonía que se enciende en sus palabras. Aunque conservan sus personalidades distintas y fuertes, resuenan al unísono, como los instrumentos de una filarmónica. El director de este trío excepcional es obviamente su padre Mario, que guía a sus muchachos con experiencia y sagacidad.
Papá es un hombre volcánico”, señala Ginebra, “es un empresario que se adelantó a su tiempo”.
Es un visionario -le responde Miguel Ángel-, a veces parece tener la capacidad de leer el futuro. Pero aún no sabemos dónde esconde su bola de cristal. Bromas aparte, es un empresario con un don excepcional: sabe interpretar las tendencias del mercado, lanzándose constantemente a nuevos proyectos, con ambición, inteligencia y una pizca de valentía”.
Para nosotros es un privilegio poder seguir sus enseñanzas -añade Benedetta-, tanto como director general como padre. A lo largo de los años, nos ha transmitido su mayor valor: el amor a la familia. Nuestra unión siempre ha sido su mayor fuente de felicidad. Al fin y al cabo, en casa y en el trabajo, ante todo, somos una familia”.
Las palabras de los tres jóvenes dan en el blanco: en todos los rincones de la empresa se respira un ambiente familiar. Cada mañana, Mario hace los honores asomándose por la puerta de cada oficina para saludar con su sonrisa. Un gesto sencillo, pero nunca banal.
“Será difícil repetir los éxitos de nuestro padre”, señala Ginebra, “los tiempos han cambiado y los retos del mercado no son los mismos que hace 30 años. La competencia se ha vuelto más feroz y las exigencias de los consumidores cambian constantemente. Sin embargo, el gran mérito de Mario es haber moldeado una empresa dinámica, que ha hecho de la flexibilidad su marca de fábrica”.
Recibir esta herencia es sin duda un incentivo, pero también una enorme responsabilidad”, explica Benedetta, “cada generación, a lo largo del tiempo, ha dejado su huella, su marca. Hemos entrado de puntillas, pero tenemos toda la intención de dejar nuestra huella, como hicieron nuestros antepasados antes que nosotros. Al fin y al cabo, como siempre decimos, en Piccini miramos hacia adelante, por tradición’.
Somos un equipo”, exclama Miguel Ángel, “los retos no nos asustan. Nadie dice que vaya a ser fácil demostrar lo que valemos, pero somos duros, ‘Piccini’ sólo por el apellido”.

